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Manuel Vilariño. Abada, 2010 ©Manuel Vilariño, VEGAP, Madrid 2020
Manuel Vilariño. Búho, 2009 ©Manuel Vilariño, VEGAP, Madrid 2020
Manuel Vilariño. Paraíso fragmentado, 1999-2003 ©Manuel Vilariño, VEGAP, Madrid 2020
Manuel Vilariño. Membrillos, 2005 ©Manuel Vilariño, VEGAP, Madrid 2020
Manuel Vilariño. Crucifixión de los siete cielos, 2001 ©Manuel Vilariño, VEGAP, Madrid 2020
Manuel Vilariño. Montaña negra, nube blanca, 1, 1999 ©Manuel Vilariño,VEGAP, 2020
Manuel Vilariño. Montaña negra, nube blanca, 1, 1999 ©Manuel Vilariño, VEGAP, 2020
Manuel Vilariño. Al despertar, 2011 ©Manuel Vilariño, VEGAP, Madrid 2020
Manuel Vilariño. Lejano interior, 23, 2008 ©Manuel Vilariño, VEGAP, Madrid 2020
Manuel Vilariño. Serpe, 1985. ©Manuel Vilariño, VEGAP, Madrid 2020
Manuel Vilariño. Sula Bassana, 1985 ©Manuel Vilariño, VEGAP, Madrid 2020
Manuel Vilariño. Tesouras, 1983 ©Manuel Vilariño, VEGAP, Madrid 2020

MANUEL VILARIÑO. Seda de caballo

Ficha

Fechas: 
17 septiembre 2020 - 31 enero 2021
Lugar: 
Salas de exposición de la 1ª planta
Horario: 
martes a sábados (festivos incluidos) de 11.00 a 14.30 y de 17.00 a 21.00, domingos, de 11.00 a 14.30
Producción: 
Subdirección General de Museos Estatales del Ministerio de Cultura y Deporte
Comisariado: 
Fernando Castro Flórez


Seda de caballo
es la mayor de cuantas exposiciones se han realizado hasta la fecha de Manuel Vilariño, fotógrafo y poeta, Premio Nacional de Fotografía 2007. Una muestra comisariada por Fernando Castro Flórez, que revisa su trayectoria a través de una selección de obras —fotografías, instalaciones, vídeos, y también una parte de su producción poética— desde 1980 hasta la actualidad. Más que una retrospectiva al uso, está concebida como reflejo de los aspectos más sobresalientes de su trayectoria y de su estética, siempre marcada por un fondo poético y por la demanda de una actitud contemplativa.

Atendiendo a un orden más formal y conceptual que cronológico, la selección de obras y su disposición en salas responde a la voluntad de mantener esa continuidad poética, temática y ambiental que da sentido al recorrido y a toda la obra de Manuel Vilariño en su conjunto.

Así, el montaje que se articula en las salas del MARCO nos lleva desde su particular mirada sobre los animales, y su reinterpretación de la esencia de un género clásico como el del bodegón —Vilariño como gran maestro de la naturaleza muerta—, a su visión del paisaje, íntimamente relacionada con la melancolía, en un diálogo permanente y sutil entre la vida y la muerte.

Las series correspondientes a los años ochenta y noventa —aves, calaveras, y bestiarios, incluyendo sus célebres polípticos (Los Pájaros, Cabezas/Sueños)— abren una primera fase del recorrido. Destaca la fuerza de Bestias involuntarias, serie de fotografías en blanco y negro en las que los animales nos miran de frente, retratados junto a herramientas, en un ensamblaje entre lo mágico y lo cotidiano, entre la naturaleza y la intervención humana.

Como pieza central de la muestra, y en ese juego de transición desde el blanco y negro, el color hace su aparición en Paraíso fragmentado. Una obra emblemática, un mosaico de naturalezas muertas compuesto por quince fotografías en las que un pájaro, un lagarto o una serpiente yacen inertes, creando entre todas las imágenes una composición única que simbólicamente alude a la devoción y a un anhelo de resurrección.

A partir de aquí la atención se centra en las obras de las décadas siguientes, en torno al año 2000, como Crucifixión de los siete cielos o Cruz de luz borrada —naturalezas muertas que componen escenas rituales en las que el color adquiere especial relevancia. Su serie de bodegones de velas y calaveras —Membrillos, Granadas— son composiciones aparentemente sencillas en las que una mariposa sobre un misal abierto, o unas frutas en descomposición, permanecen a la sombra de la llama de una vela que se consume. Escenas en las que no faltan las alusiones mitológicas y al ciclo de vida y muerte que nos devuelven a lo esencial de este género clásico.

La exposición incluye ejemplos de su producción de las dos últimas décadas, fundamentalmente sus fotografías de montañas y océanos, como Al despertar; Lejano interior; o Montaña negra, nube blanca. Obras en apariencia más paisajísticas, y que sin embargo tienen un fuerte sentido dramático, casi trágico, aunque con una mirada y amplitud de horizonte que parece abierto a la esperanza.

Como apertura y cierre de este recorrido circular por la obra de Vilariño, es fundamental la presencia de la poesía: los fragmentos de sus libros de poemas Ruinas al despertar, y Animal insomne, que acompañan al visitante desde las escaleras de acceso a la muestra; y una selección de la serie de haikus escritos durante el confinamiento —obra inédita que lleva por título Elogio del confín— que completan y, a su vez, son parte integrante de sus fotografías. En este aspecto ahonda también el vídeo que se proyecta en la sala del vestíbulo principal del MARCO, y en el que el artista, en acción y contemplación, habla sobre su proceso creativo.

En palabras del comisario, toda la obra de Manuel Vilariño es un autorretrato vital. De sus pensamientos y emociones en relación con la vida y la naturaleza, de su entorno, de su formación como biólogo, de su íntima vinculación con el territorio más próximo. En consonancia con esta idea, la exposición se ha concebido teniendo muy presentes esas tres facetas de observador, fotógrafo y poeta que conforman su obra y trayectoria; esa relación entre biología, fotografía y literatura que siempre le ha acompañado.

INFORMACIÓN GENERAL / DOCUMENTACIÓN / ACTIVIDADES

Catálogo de la exposición

La exposición se completa con el catálogo publicado en el año 2013 por el Ministerio de Cultura, que incluye textos de Fernando Castro Flórez (comisario de la exposición), Alberto Ruiz de Samaniego y Miguel Ángel Hernández Navarro, junto a un poema del artista e imágenes de las obras en exposición.

Documentación

La Biblioteca-Centro de Documentación del MARCO ha preparado un dossier documental, que reúne enlaces a artículos e información complementaria sobre Manuel Vilariño, accesible para consulta desde la web del MARCO www.marcovigo.com en los apartados Biblioteca/Noticias y Exposiciones/Actuales. Además, como parte integrante de la exposición, en una de las salas se muestra una selección de catálogos, publicaciones y piezas gráficas relacionadas con el artista.

Visitas y talleres para escolares

Para grupos de educación Infantil, Secundaria, Bachillerato, y otros centros de formación.
Colabora: Obra Social “la Caixa”
A partir del 6 de octubre de 2020
Lugar: salas de exposición y Laboratorio das Artes
Horario: de martes a viernes de 11.00 a 13.30 / Previa cita en el tel. 986 113900/113904

Información y visitas guiadas

El personal de salas está disponible para cualquier consulta o información relativa a la exposición, además de las visitas guiadas habituales:

Todos los días a las 18.00
Visitas ‘a la carta’ para grupos, previa cita en los tel. 986 113900 / 986 113904

Imagen: 

Manuel Vilariño
Lejano Interior, 23 (detalle), 2008
©Manuel Vilariño, VEGAP, Madrid 2020

Artistas

Manuel Vilariño


Manuel Vilariño
(A Coruña, 1952), fotógrafo y poeta, es uno de los más importantes artistas del panorama contemporáneo actual. Desde que realizara su primera exposición en el año 1982, sus obras no han dejado de mostrarse en galerías y museos de referencia, encontrándolas en colecciones como las del Museo Reina Sofía, Madrid; The Museum of Fine Arts Museum, Houston; Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC), Badajoz; ARTIUM, Vitoria; o Colección Coca-Cola.

En el año 2007 se le concedió el Premio Nacional del Fotografía del Ministerio de Cultura de España. Ese mismo año participó en la muestra Paraíso fragmentado, comisariada por Alberto Ruiz de Samaniego, en el Pabellón de España de la 52ª Bienal de Venecia.

Entre sus exposiciones más importantes se encuentran la que realizara en 2002 en el Centro Galego de Arte Contemporánea de Santiago de Compostela Manuel Vilariño. Fío e sombra o Mar de afuera, que expuso en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2012. En el ámbito internacional, destaca su individual en Galerie Municipale du Château d’Eau. Toulouse (2001), así como otras exposiciones en distintos países de Europa. En 2008, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) puso en marcha una muestra itinerante de su obra, comisariada por Fernando Castro Flórez, que se presentó en el Centro Cultural de España en Asunción (Paraguay), el Museo Balmes en Montevideo (Uruguay), el Museo de Arte Moderno de Sao Paulo (Brasil) o el MAC Niteroi en Rio de Janeiro (Brasil).

Participó en la edición 2012 del proyecto Peregrinatio en Sagunto, organizado por el Consorcio de Museos de la Comunidad Valenciana y ha realizado en 2013 el proyecto Fragmentos de un viaje, resultado de un recorrido poético por Extremadura que se ha presentado en el MEIAC, Museo Extremeño e Iberoamericano de Badajoz.

Sobre la obra de Manuel Vilariño han escrito poetas como Antonio Gamoneda, Chantal Maillard o Juan Barja, escritores como Manolo Rivas, filósofos como Félix Duque y críticos como Miguel Fernández Cid, Miguel Copón o Alberto Ruiz de Samaniego.

No falta entre sus obras la poesía —Ruinas al despertar (Espiral Maior Edicións, 2011); o Animal insomne (Trifolium, 2017)— ya que, como él mismo señala, “mi fotografía no existiría si no exisitiera la poesía, porque es un todo indivisible”.

http://www.manuelvilarino.info/

Texto curatorial


Sombras luminosas de Manuel Vilariño

Fernando Castro Flórez, comisario de la exposición

Pájaros, playas, montañas, hielo, crepúsculos y oleaje, el “mar abisal”, en un hermoso verso de Gamoneda, y el rinoceronte velado, el búho y las palabras que descarnadamente aluden a una ausencia. El horizonte de pureza estremecedora de las fotografías de Manuel Vilariño hace que nos enfrentemos a una estética de una belleza poética incomparable, exigente y sutil, verdadera y, por tanto, sombría. Alberto Ruiz de Samaniego advierte que la obra de Vilariño se nos muestra con una “serenidad paradójica”, con una tensión entre un afuera cercano y una lejanía interior, que requiere de “un gesto calmado”, de una luminosidad tranquila. Las fotografías de Vilariño nos hacen volver a la tierra. Tenemos que asumir el conflicto de la obra de arte, esto es, a la relación entre mundo y tierra. Sólo atravesando el crepúsculo de los lugares podemos retornar a la montaña y al bosque, al lugar que incluso en tinieblas nos enseña algo. Es ahí, en ese ámbito del desconocimiento, donde el arte busca su materia o, mejor, donde enraízan las obsesiones. Hay que aprender del crecimiento de las cosas en la naturaleza y llegar a decidir cuál es el momento oportuno. Acaso el tiempo cronológico y el tiempo meteorológico no hablen de otra cosa que de una mezcla, esto es, del kairós, aquello que resulta propicio. La luz que hace las cosas visibles impone el tiempo de la naturaleza: ahí se unen el corte y la continuidad, lo estático y lo fluido. Si bien la fotografía es el fiel testimonio evocador de la realidad, un medio para recordar, también tiene una singular carga sentimental, en la que se va de la felicidad a la tragedia, esto es, en términos de Barthes, una reduplicación de lo sido pero también un teatro de la muerte. La sabiduría trágica de Vilariño nos toca al puntualizar el sacrificio, al iluminar hermosamente la finitud.

El canto de existencia de Manuel Vilariño es un intenso y arriesgado morar en lo abierto; intentando llegar al origen del origen, al aión, el fotógrafo nos hechiza con sus nidos de especias, con sus ataduras y sus paraísos despedazados. Rilke apunta, en las Elegías de Duino, que todas las miradas de todo lo que vive se dirigen hacia lo abierto. Tan sólo nuestros ojos, vueltos al revés, como un círculo de trampas, impiden toda salida. No conocemos lo que está más allá del círculo “sino a través de la mirada de los animales”. Eso es lo que busca Vilariño en sus Bestias involuntarias, los ojos fijos en la lejanía: aspirar a esa existencia sin frontera, límpida. Los más arriesgados son los que quieren más; el canto es la pertenencia a la totalidad de la pura percepción. El fotógrafo ha sentido el empuje del viento desde el inaudito centro de la pura naturaleza, sin necesidad de entrar en el claro.

Puede que nuestros viajes no tengan ningún objeto y caminemos para llegar a ningún lugar o tan sólo al ocaso. Vivimos entre la cacería y el juego del escondite, deseamos la presa aunque al final lo que aparezca sea tan sólo la sombra. Estamos, inevitablemente, arrojados a la existencia entre el hueco y la sombra. El fotógrafo muestra animales oscuros, algunos de los cuales califica como “insomnes”, icebergs iluminados con el hielo marcando una negrura premonitoria, montañas que nos hechizan e inquietan.

Manuel Vilariño es un gran maestro de la naturaleza muerta, caracterizada por una gran intensidad poética. Este “emboscado” que retorna, insistentemente, arquetipo de la sombra, ha realizado, en los últimos años, unas fascinantes composiciones en las que esencializa ese género clásico, utilizando elementos como una vela, frutas o pájaros ahorcados.

En un escenario muy despojado asistimos no tanto a la apoteosis del luto cuanto a un despliegue cromático; Vilariño resalta los colores de los animales muertos, intensifica la textura de los alimentos mientras la omnipresente llama de la vela parece que ingresara en una dimensión onírica. En cierta medida, este artista está materializando lo que resta de los pliegues del sueño: una mariposa en un libro de misas abierto, unos limones que están ya en descomposición, un escarabajo que parece trepar por la cera que se consume. Más allá del literalismo, produce un juego de variaciones extraordinario en el que precisamente no ahoga la fantasía del vuelo sino que invita al espectador a introducirse en imágenes que merecen el calificativo de “generosas”. La obra de Vilariño, una inmensa naturaleza muerta, impone una misteriosa luz interior. Lo que este artista quiere es dejar ser al animal o, mejor, a lo terrenal, manteniendo, de ese modo, abierto el mundo. En nuestra época epilogal el resto, que es lo que hace al hombre feliz, puede ser de nuevo el erotismo, la risa o el júbilo ante la muerte. El fotógrafo aguarda, con los ojos desnudos a “cielo abierto”, compone escenas rituales para dar espacio a lo que es propiamente invisible. La hermosa travesía de Vilariño hacia un norte que es afuera radical tiene algo de viaje órfico, de “oscuro estremecimiento” en pos de la sombra amada.

Si Manuel Vilariño evoca la soledad, el silencio o la muerte, también puede encontrarse en su obra la ternura, el placer del juego y la dicha del encuentro que proporciona el viaje. En uno de sus textos señala que, más allá de la realidad aparente, germina la mirada del vértigo del instante “en el bosque de sombras”. Es capaz de generar imágenes que son, al mismo tiempo, dramáticas y capaces de transmitir la intensidad de la vida, desplazándose entre la ligereza y la oscuridad, la aurora y lo crepuscular. Este fotógrafo que tiene alma de poeta sabe que la obra de arte es un cuestionamiento que no espera una respuesta definitiva.

La belleza surge casi accidentalmente. Vilariño habla de una nostalgia de la belleza que le obliga a mantenerse en vecindad con la muerte, en una rara dimensión de la felicidad que surge de un fondo nihilista, en la certeza de la finitud. “Los restos de animales —escribe con enorme lucidez—, las osamentas, me estrangulan el pensamiento, apartándome de la reflexión y de los límites conocidos. El horizonte es inconsciente activo, o laberinto, los deseos. Funciona el automatismo y el azar en un fondo inexplorado”. Acaso sea en lo que sobra donde esté lo decisivo, en el residuo poético. Una vez más, recordando a Celan, “dice verdad quien dice sombra”.

Comisariado

Fernando Castro Flórez


Fernando Castro Flórez
(Plasencia, 1964) es Profesor Titular de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad Autónoma de Madrid. Crítico de arte para el suplemento ABC Cultural, ha colaborado con regularidad en suplementos culturales de periódicos como El PaísDiario16El IndependienteEl Sol, y El Mundo, entre otros; y revistas como Descubrir el Arte y Revista de Occidente. Director de la revista Cuadernos del IVAM y miembro del consejo de redacción de Pasajes. Ha formado parte del Patronato del Museo Reina Sofía y es miembro de su Comisión Asesora. Comisario de numerosas exposiciones individuales y colectivas en museos de todo el mundo, entre otras la Trienal de Chile, la Bienal de Curitiba o el Pabellón de Chile en la Bienal de Venecia de 2011. Ha comisariado exposiciones de artistas como Anselm Kiefer, Tony Cragg, David Nash, Nacho Criado, Fernando Sinaga o Antón Lamazares.

Ha sido editor y traductor de varias publicaciones, entre ellas las obras de Walter Benjamin. Entre sus libros publicados, destacan los siguientes: Elogio de la pereza. Notas para una estética del cansancio (Julio Ollero, 1992), Escaramuzas. El arte en el tiempo de la demolición (CendeaC, 2003), Sainetes y otros desafueros del arte contemporáneo (CendeaC, 2007), Una “verdad” pública. Consideraciones sobre el arte contemporáneo (Documenta, 2010) o Contra el bienalismo. Crónicas fragmentarias del extraño mapa actual (Akal, 2012).